PESADILLA DESPUÉS DE NAVIDAD


Ayer, aún a mediados de enero, el único vestigio de la blanca navidad era media barra de turrón de marca blanca. Que lejana quedaba la abundancia de anteriores post navidades, cuando la cesta navideña perduraba hasta bien entrada la primavera. Pero no es éste el momento para lamentos del estilo “cualquier tiempo pasado fue mejor”; sólo cuento lo del turrón porque engullirlo antes de acostarme fue la causa de un sueño pesado, que derivó en una extraña pesadilla. Y sin más preámbulos, antes de que se me olvide, paso a plasmarla en las siguientes lineas.

En la pesadilla me desperté como cualquier mañana, con el tiempo justo para tomarme el café de un trago y salir corriendo hacia el trabajo. Al girar la esquina me di cuenta de que con las prisas me había dejado el móvil en casa. Como tampoco llevaba reloj, no tenía manera de saber si llegaba a tiempo de coger el tren de las 7:31 o era mejor ir a la parada de bus para coger el que pasaba a las 7:36. Para resolver semejante disyuntiva me dirigí al primer transeúnte con el que me crucé:

-    Perdona ¿Tienes hora?
-    20 céntimos – respondió sonriendo.
-    ¿Disculpa? ¿Me puedes decir la hora por favor?  - insistí sospechando que el hombre iba aún más dormido que yo.
-    No, si ya le he entendido. Son 20 minutos por la hora.
-    No entiendo a que te refieres– repuse perplejo.
-    10 céntimos por la amortización de la maquinaria, 6 por la de la  batería y el resto por la mano de obra.
-    ¡Estás de broma! – exclamé dando el mismo crédito que los bancos a lo que estaba oyendo.
-    Me parece que el único que está de cachondeo aquí es usted. Adiós - se despidió el individuo y echó a correr, como si tratara de recuperar el tiempo perdido en la conversación, si podía llamarse así aquel intercambio absurdo de palabras.

Tras el incidente me dirigí a la parada de bus. Como de costumbre, al subir al vehículo me encontré con Juan, un compañero del departamento de Análisis. El coincidir de vez en cuando nos había hecho establecer cierta confianza. Teníamos gustos de lectura bastante afines, y le había dejado libros en diversas ocasiones. Al verme Juan me saludó con una efusividad que sobresaltó a los catatónicos pasajeros de su alrededor, y cerró el libro que iba leyendo. Por la posición del punto de libro le quedaban pocas hojas para terminarlo.

-    Buenos días Juan. Veamos que estás leyendo. 13,99 euros de Frédéric Beigbeder. Precisamente el otro día me lo recomendó mi amigo Raúl. Ya me lo dejarás.
-    Bueno, ya veremos – respondió visiblemente incómodo.
-    Hombre, con todos los libros que yo te he dejado – argumenté a la vez que le daba unos amistosos golpes en la espalda.
-    Precisamente por eso – susurró en voz baja - ¿No te has fijado en cómo nos miran los compañeros? Será mejor no arriesgar.
-    No entiendo a que te refieres – dije por segunda vez en la misma mañana.
-    Mira, yo creo que lo más sensato será hacer una transacción más normal. Por ejemplo, por 9,99 euros, mañana el libro es tuyo.

Juan tenía fama entre los compañeros de ser un tipo excéntrico, y últimamente estaba sometido a mucha presión en el trabajo, así que al llegar a la oficina le contesté que ya me lo pensaría y me despedí de él sin darle mayor importancia.

La mañana en el trabajo transcurrió sin nada destacable ni diferente a cualquier otra jornada. Al llegar el descanso del mediodía decidí salir a tomar un poco de aire fresco. Me acomodé en un banco de un parque cercano que acababan de renovar. Cerré los ojos para sentir con mayor intensidad esos rayos de sol tan revitalizantes de los días despejados de invierno. Pero una voz sensual interrumpió el primer momento de silencio y calma de todo el día.

-    Buenos días señor. Soy Ángela, y haré todo lo posible para que tenga una experiencia plenamente satisfactoria en este parque.
Abrí un solo ojo, resistiéndome a abandonar el estado de relax que apenas había logrado acariciar. Por el aspecto de la chica descarté mi suposición inicial; no parecía una prostituta. Vestía un uniforme verde y llevaba en la mano una tablet del mismo color.

-    No entiendo a que te refieres – y ya iban tres.
-    Soy su asesora personal en este exclusivo parque de última generación – afirmó con una perfecta sonrisa.
-    Verás, tengo que volver en diez minutos a mi trabajo, y te agradecería que me dejases disfrutarlos con tranquilidad.
-    Permítame recomendarle que, disponiendo de tan poco tiempo, maximice su bienestar en el área Premium – sugirió la joven y alzó su brazo en dirección a una zona vallada en la que podían verse unos bancos individuales acolchados.
-    Aquí estoy bien gracias, o mejor dicho lo estaba hasta que has llegado – repliqué con unos malos modos, que conste, son pocos habituales en mi.
-    Claro que sí. Estupendo. Si lo desea puede reservar este mismo espacio en el que se encuentra, y así cada día lo tendrá a su disposición. Además, hoy tenemos una promoción especial que incluye prensa y su bebida favorita por un mínimo suplemento.

Visto que se trataba de una batalla perdida, abandoné resignado el parque sin echar la vista atrás y regresé a la oficina. Es curioso, pero durante toda la tarde en el trabajo, al igual que me había pasado por la mañana, tampoco logro recordar nada que me llamara la atención. Es como si el sueño fuera exactamente igual que la realidad. O no sé si sería más apropiado decir que la realidad era igual que el sueño.

Diez minutos antes de salir del trabajo recibí una llamada de mi madre preguntándome  si quería ir a cenar. Acepté sin pensármelo dos veces; una reconfortante cena materna sería la mejor medicina para resarcirme de una extraña sensación de gélido desasosiego que había ido calando en mí a lo largo del día.

Mi madre se mostró tan contenta al verme como siempre. La vi más arreglada que de costumbre. En los últimos meses al estar muy liado le había visitado con menos frecuencia, y por eso le debía hacer especial ilusión que hubiera aceptado su invitación aquella tarde. Nada más sentarme en la mesa me sorprendió que el entrante de siempre, una ensalada con lechuga, tomate y poco más, había sido sustituida por otra con todo tipo de variedades (ahora sólo logro recordar rúcula, soja, canónigos y espinacas, pero sin duda contaba con muchas más). El segundo plato siguió esa misma tendencia, con una disposición del salmón y la guarnición más propia de cocina de autor que de casera. A mitad de la cena mi madre acercó una silla y se sentó en ella.

-    Hijo, hoy he estado con el tío Mariano, el del restaurante.
-    Hace años que no sé nada de él. ¿Cómo le va? – pregunté distraído, tratando de adivinar que era aquella bola rojiza que había entre la guarnición.
-    Pues no demasiado bien. Casi no le entran clientes. Y cuando le he dicho que venías a casa… ¡Tendrías que ver cómo se ha puesto! Me ha acusado de… ¿Cómo lo ha dicho…? Ah sí, de competencia desleal, eso – confesó con voz solemne, como si estuviera refiriéndose al crimen más horrible jamás cometido.
No entendía a que se refería, pero me había propuesto no volver a pronunciar esa expresión en lo que quedaba de día, de forma que guardé silencio.

-    Por eso hijo mío, creo que tenemos que arreglar esta situación para que no haya problemas. En la tele lo dicen cada día, parece ser que funciona, que es la única solución. Eso sí, a precio de madre, claro. Pero bueno, ya lo acabaremos de hablar al final de la cena. Ahora relájate y disfruta. ¿Quieres que te ponga la tele?

Incapaz de articular palabra, mi silencio fue interpretado como una respuesta afirmativa. Mi madre encendió el televisor y se retiró. Al principio no se veían más que interferencias, acompañadas de un molesto sonido. Poco a poco comenzó a vislumbrarse una silueta en la pantalla. El ruido se fue tornando cada vez más insoportable y en el preciso momento que identifiqué en el televisor mi propia imagen me desperté sofocado. Miré el despertador. Faltaba un cuarto de hora para que sonara la alarma. En circunstancias normales hubiera permanecido acostado, deleitándome con esos preciosos minutos de descanso extra, pero en el estado en que me encontraba eso resultaba imposible. Me vestí raudo y salí a la calle. Nervioso, iba mirando de reojo a las personas con las que me iba cruzando. Era ridículo, pero tenía que salir de dudas. En la esquina vi a un hombre de mediana edad que estaba fumando. Perfecto. Me planté frente a él y pregunté:
-    ¿Tendría usted un cigarrillo por favor?
-    Faltaría más, aquí tiene – respondió con voz ronca, acorde a su mal hábito. Y tras ofrecerme un cigarrillo de su paquete añadió:
-    ¿Quiere también fuego?
-    Mu…muchas gracias – tartamudeé descolocado.

Cumpliendo con la tradición de los buenos propósitos de principios de año, no me había llevado un cigarrillo a los labios desde el día uno de enero, pero aquel era un buen día para volver a fumar. Aunque el humo que comencé a inhalar resultaba tan mortal  y ennegrecía tanto mis pulmones como cualquier otro de los fumados con anterioridad, cada calada me hacía sentir una vitalidad renovada. Respiré tranquilo. Por un momento había temido que, parafraseando a Shakespeare, la vida se hubiera convertido en un mercado, y todos los hombres y mujeres en meros vendedores. Pero no, y en mi mano tenía la prueba de ello.

Apenas había avanzado unos metros cuando me detuve para ceder el paso a una ambulancia que se aproximaba a toda velocidad con las luces de emergencia encendidas. Frenó en seco tras el paso cebra y salieron del vehículo dos enfermeros uniformados de un blanco impoluto. Sin mediar palabra se abalanzaron contra el hombre que me acababa de ofrecer el cigarrillo. Pese a no oponer resistencia alguna, los enfermeros lo agarraron con violencia y lo arrastraron sin dejarle andar por su propio pie.

-    ¿Pero que ha hecho este hombre? – les increpé.
-    Apártese. Está muy, pero que muy desequilibrado – respondió uno de los enfermeros con semblante de honda preocupación.

La ambulancia hizo sonar la sirena y arrancó quemando rueda. Cuando fui capaz de reaccionar, eché a correr tras ella. A medida que se alejaba, la sirena retumbaba con mayor insistencia en mi cabeza. Llegó un momento en que perdí de vista la ambulancia y el ruido se volvió ensordecedor. Entonces desperté empapado en sudor. Por un instante me sentí aliviado, hasta que me acerqué la mano a la nariz y comprobé que olía a tabaco. Salté de la cama, dispuesto a esclarecer que demonios estaba pasado de una vez por todas. Salí a la calle y entonces…


Hasta aquí la versión gratuita de “Pesadilla después de Navidad”. 
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1 comentario:

  1. Enhorabuena, Economistahumilde. Si no fuera por aquello del amigo Raúl, pensaría que lo había escrito el mismo Kafka.

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